¿Porqué una persona decide engañar? Es quizá la pregunta que a todo engañado le quita el sueño. Hay un viejo refrán, que como toda sabiduría popular, tiene mucho de cierto: “Los hombres primero son infieles y después infelices. Las mujeres primero son infelices y después infieles”.
El varón, si no es un inmaduro narcisista, probablemente sea infiel porque el mandato social dice que así deben ser los hombres: no rechazar las oportunidades y demostrar cuán varonil y apetecible es en cada conquista. La cultura también enseña al varón que amor y sexo pueden ir por caminos separados. Y lo aprende bien.
La mujer, en cambio, generalmente lo decide después de hacer reclamos varios al esposo o por “devolver el favor”: una infidelidad equiparatoria le devuelve la autoestima perdida. Pero, como las féminas están recorridas por una cultura romántica, son pocas las que no generan sentimientos hacia el amante y entran en conflicto.
Una cosa es bien sabida: jamás hay que confesar una infidelidad que no ha sido descubierta por más que la conciencia se retuerza. Provoca heridas gratuitamente que no van a sanarse y elude el núcleo fundamental: un conflicto en la pareja. La infidelidad es un acto muy privado e individual que debe quedar en la más absoluta discreción.
Bueno, eso al menos aconsejan algunos psicólogos…
Imagen: econews













