La relación afectiva no funcionó; ella o él te dejó o simplemente se terminó eso que mantenía viva y unida a la pareja.
Ante esta situación muchos surgen muchos sentimientos de forma a veces incomprensible ya que puedes pasar de la rabia más feroz a los recuerdos más dulces y melancólicos que te hacen pensar que no va a haber nadie más como ella o él.
Las pérdidas afectivas nos enfrentan a nosotros mismos y a la capacidad que tenemos para tramitar frustraciones y duelos. Esto implica un proceso más o menos largo para las diferentes personas, que no todos están preparados para realizar.
Existen personas que no toleran la posibilidad de estar a solas consigo mismo, procesando la pérdida y aceptando paulatinamente que esa persona querida y/o necesitada ya no puede o quiere estar con uno; salen corriendo en busca de otros brazos que los acojan para así conseguir refugio y la sensación de que nunca se dejó se ser querido.
Otros se aíslan o se quedan anclados en el odio y el rencor hacia el ser antes amado, es decir, optan por seguir ligados a la misma persona cambiando el signo del sentimiento. Con esto se aseguran no poder salir de la situación de pérdida para seguir adelante, tal vez con una nueva pareja.
La opción por una soledad prolongada y tal vez no buscada en el sentido de apostar al crecimiento, deja a muchas personas en un estado como de cautiverio o en una situación que podría representar una defensa, una manera de protegerse contra otras pérdidas y decepciones.
Sin embargo, el estar a solas por un tiempo puede ser la medicina apropiada para conectarse con uno mismo, reconocer sus fortalezas y debilidades, perseguir objetivos personales y profesionales y procesar las experiencias dolorosas. De esta manera se puede volver a entrar en contacto con los demás a partir de un aprendizaje de los errores cometidos y otras búsquedas que aporten nuevas formas para relacionarse que conduzca por caminos de mayor bienestar y entendimiento en futuras experiencias amorosas.
Fuente: revistaimpar













